La tiranía del espectador

Escrito en colaboración con Gemini 3 Pro.

Últimamente me pasa algo curioso, y a la vez agotador, cada vez que termino de ver una serie o una película que me gustó. Empiezan los créditos, todavía estoy procesando lo que vi, sintiendo esa mezcla de vacío y satisfacción, y cometo el error de abrir las redes sociales.

Ahí es donde la experiencia se rompe. Lo que encuentro no es un análisis, ni siquiera una opinión honesta; es una mezcla de pereza, hartazgo y bronca. Me encuentro con una marea de comentarios que repiten las mismas sentencias de siempre: “fue muy apresurado”, “fue muy lento”, “no tendría que haber muerto tal personaje”, “se merecía una muerte mejor”.

Es como si, de repente, la audiencia hubiera dejado de ser público para convertirse en una junta directiva insatisfecha. Es como si la gente pensara que una historia solo es buena si coincide exactamente con la que ellos escribieron en su cabeza.

El síndrome del guionista de sofá

El problema de fondo es que gran parte del público ha dejado de consumir historias para ver qué tiene el autor para decir. Ahora consumen para validar sus propias teorías. Se sientan frente a la pantalla con una lista de chequeo mental: “Quiero que este se bese con aquel”, “Quiero que tal personaje sea el villano”, “Quiero que el final sea así”.

Si la obra cumple con sus caprichos, dicen que es “predecible”. Si no los cumple, dicen que es “mala escritura”. Es una trampa lógica donde el creador siempre pierde y el espectador se siente estafado porque la obra no se subordinó a sus deseos. Han olvidado que el arte no es una democracia ni un servicio de atención al cliente. Una historia no tiene que darte lo que querés; tiene que darte lo que la historia necesita.

La falacia del ritmo: entre lo “lento” y lo “atropellado”

Las críticas sobre el ritmo se han vuelto muletillas vacías. Cuando leo que algo fue “muy lento”, lo que suelo interpretar es que el espectador ha perdido la capacidad de prestar atención si no hay un estímulo constante cada cinco segundos. Hemos perdido la paciencia para la construcción de atmósfera, para los silencios, para el desarrollo de personajes que se cocina a fuego lento.

Por el contrario, la queja de que todo fue “muy apresurado” o “atropellado” suele esconder una falta de alfabetización mediática. Muchos espectadores actuales necesitan que todo se les explique de forma masticada y explícita. Si la narrativa usa una elipsis o confía en que la audiencia puede unir los puntos sin que un personaje recite la trama en voz alta, se acusa a la serie de correr. No es que la serie corra, es que nos hemos acostumbrado a que nos traten como si no pudiéramos entender el contexto por nosotros mismos.

La muerte como trámite burocrático

Y después está esa insistencia con la contabilidad moral sobre la vida de los personajes. “Se merecía una muerte mejor” es una frase que se repite mucho y que denota una confusión sobre cómo funciona el drama.

En la vida, y en la buena ficción, la muerte rara vez es “justa” o “épica”. A veces es repentina, fea, estúpida o dolorosa. Exigir que un personaje tenga una despedida gloriosa solo porque nos caía bien es pedir una fantasía de poder, no una buena narrativa. La tragedia funciona precisamente porque duele, porque se siente injusta, porque nos quita algo antes de tiempo.

Otros, por el contrario, reclaman sangre: “Debería haber muerto alguien importante”. Tratan la ficción como si fuera un deporte, donde la calidad de una temporada se mide por la cantidad de bajas en el equipo titular. Creen que el cinismo es madurez, y que si una historia no es sádica con sus protagonistas, entonces es infantil. Se olvidan de que, a veces, vivir con las consecuencias del trauma es un destino mucho más pesado y narrativamente rico que la muerte.

La inteligencia de saber disfrutar

Con el tiempo, internet nos convenció de que ser crítico es sinónimo de odiar cosas. Pareciera que encontrar errores de continuidad o agujeros de guion te hace más inteligente que el que simplemente se emociona. Se ha puesto de moda mirar el contenido a la defensiva, con los brazos cruzados, desafiando a la pantalla a que nos impresione mientras buscamos activamente el fallo.

Pero la realidad es otra. Tener la capacidad de suspender la incredulidad, de conectar emocionalmente con personajes ficticios y de perdonar pequeños deslices en favor de una buena trama, no es ingenuidad: es salud mental.

El problema no es tuyo si te gustó. El problema es de una cultura de consumo que ha olvidado cómo dejarse llevar, cómo asombrarse y, sobre todo, cómo disfrutar del viaje sin pretender manejar el volante.

La próxima vez que los créditos suban y sientas esa emoción en el pecho, hacete un favor: no bajes a los comentarios. Quedate con tu experiencia. Al final del día, la historia fue hecha para los que sienten, no para los que auditan.